Cuando hablo de un deporte y/o espectáculo que tanto me apasiona prefiero hacerlo de manera estructurada. Me da pie a sacar los entresijos de lo que estoy viendo, explorar esos pequeños detalles o momentos que hacen que se sienta especial. También puede ser por la naturaleza de lo que estoy hablando, ya que un show o una historia con capítulos ya tiene esa estructura. Quizás la tercera razón sea porque me gusta escribir de esa forma, me gusta organizarme y si no lo hago o pierdo el hilo o se me escapan muchos detalles. Quería hacerlo también en esta recta final de 2025 y comienzos de 2026, no porque estamos en época de torneos o grandes PPVs sino porque en estas fechas se retiran quizás dos de los luchadores más importantes y generacionales del wrestling (y sin el “quizás” también os digo). Dos luchadores que han marcado un antes y un después, que en su mayor o menor medida han influido en este amor que siento por la lucha libre. Quería hablar de las carreras de Hiroshi Tanahashi y John Cena dentro de esa estructura, con sus momentos álgidos y los puntos más bajos de su trayectoria profesional, pero creo que me puedo permitir el lujo de hacerlo un poco sin guion y escribiendo un poco como me dicte el corazón, al menos con el oriundo de Boston, quizás con el “Ace” cambie de parecer.
John Cena ha estado en mi televisión desde que me empecé a sentir atraído por este show circense de la mano de WWE. Ya fuera como el máximo campeón o peleando por volverlo a ser, Cena siempre ha sido capital en la programación semanal que se emitía en España y, como criajo que con 6-7 años se fascinó por el “pressing catch”, he visto a Cena bastante. Curiosamente, desde que tengo ese recuerdo, nunca he sido fanático de John Cena, incluso cuando la gran parte de su “Cenation” eran niñas y niños que querían ver ganar al superhéroe. Desde que tengo memoria siempre he apoyado de manera ferviente a sus grandes oponentes (a excepción de Triple H que nunca ha sido santo de mi devoción): Edge, Randy Orton, Shawn Michaels, Batista, CM Punk, un “underdog” llamado Daniel Bryan… Nunca me gustó John Cena, ya fuera o porque no me llamaba la atención, porque “Cena wins LOL” o porque el concepto superheroico me llamaba muchísimo menos que lo que me gustaba ver en el wrestling: los villanos carismáticos y los pequeños aspirantes que crecen por encima de las expectativas. Quizás esta tirria a John como “personaje” fuera uno de los motivos por los que abandonase la WWE allá por 2009, quizás fuera uno de los motivos por los que regresase con ese Money In The Bank 2011. Pensándolo mejor, quizás por eso subieron tan alto gente como Punk o Danielson, por vencer al superhéroe invencible.
Con el paso del tiempo y yo teniendo mis gustos más afinados, una cierta madurez y también viendo una evolución en el líder de la Cenation, aprendí a valorar de verdad quien es y quién fue John Cena. Sus primeros dos años como campeón mundial fueron remarcables, luego cayó en un pozo de ser “el número uno para Vince” que le llevó a no solo ganar muchas veces de manera incomprensible sino también a tener una pizquita de ego como vimos con The Nexus para luego volver a destacar y demostrar que todos esos años mediocres no fueron por una falta de habilidad sino por una ausencia de necesidad de usarla. No solo eso, me di cuenta de que John Cena no era el “ace” de WWE, John Cena era WWE, y todos estos altibajos dignos de montaña rusa eran sinónimos con el panorama de la compañía y sus acertadas o cuestionables decisiones creativas. Si la WWE necesitaba a un campeón peleador hasta el punto de jugar con la muerte (2005 - 2007), John lo hacía. Si necesitaba un campeón superheroico que parecía un stand de merchandising andante (2008 - 2011), John lo hacía. Si necesitaban a un campeón siendo más vulnerable y bajándose al barro de nuevo para dar grandes combates y momentos (2011 - 2013), John lo hacía. Si lo que se necesitaba era bajar un escalón y situarse lejos del estrellato para ayudar a establecer a estrellas emergentes (2015 - 2017), John lo hacía. John Cena, sin duda alguna, puso antes a la WWE que a la posibilidad de colarse entre los mejores luchadores de la historia, quiso ser un entertainer antes que un wrestler, y si su carrera ha tenido altibajos es porque es un hombre de empresa y porque quien tuvo esos altibajos fue la propia WWE.
Pensándolo, es un poco triste que John Cena haya tenido este final, un final manchado por decisiones creativas cuestionables pero, como ya hemos visto, es un final idóneo para Cena, uno donde antepone a la WWE a sus propios intereses y/o legado. ¿Que la WWE quiere convertirle en villano? Adelante. ¿Que su reinado número 17 es bochornoso? Hago lo que puedo con ello. ¿Qué tengo que perder en mi última lucha? Da igual, saquemos lo mejor y construyamos a alguien. Quizás por esto John Cena no entre en un top de grandes luchadores de la historia, pero es innegable que la habilidad y la pasión estaban ahí. No será Mitsuharu Misawa o Kenny Omega, pero no se puede negar que su largo feudo con CM Punk ha pasado a la historia, que sin John Cena no habría Randy Orton, que darle una victoria a Bryan Danielson hizo muchísimo por su carrera en WWE. Es innegable que John Cena es WWE, y es innegable que la compañía ha tenido en el de Boston a su mejor y más leal superestrella, una que le ha dado a la compañía y al deporte momentos que han pasado para la historia. Aunque no fuera tu fan, aunque he preferido a muchos por delante tuya, gracias por todo porque sin ti no habría vivido muchos de los momentos que me han marcado como fan de la lucha libre profesional. De corazón, gracias.
