En el día de ayer (a publicación de este texto) di mis primeras opiniones y escribí mis primeras palabras sobre el Mundial 2026. Hablé de la selección española con un cierto toque analítico y también sentimental por esa segunda copa que se han traído a casa los de Luis de la Fuente (aquí dejo el post), pero esto no es lo último sobre esta edición del mundial. He hablado de España pero me queda sacarme del pecho unas cuantas cosas sobre lo visto en este periodo de poco más de un mes. La Copa Mundial 2026 de Canadá/EEUU/México ha sido una de las peores ediciones que han tenido el placer de celebrarse, la peor que han visto mis ojos, por mil y un motivos distintos. Politiqueo, corruptelas, dinero y muchas cosas que comentaré a continuación hacen que esta edición sea de lo peor a manos de la FIFA.
Ya desde antes del partido inaugural este torneo pintaba a tener cierta mala pinta, y con antes me refiero a muchísimos años de anterioridad. Hace unas dos décadas la FIFA cambió el sistema de elección de sedes haciendo que las federaciones no pudieran albergar ninguna de las dos elecciones siguientes. Un cambio que, como se ha comentado previamente, se realizó básicamente para que Qatar 2022 existiera sin casi oposición como ya se ha comentado hasta la saciedad. En una elección claramente alterada y corrupta celebrada en 2010, Rusia se llevó el mundial de 2018 y Qatar el de 2022, siendo en años posteriores la candidatura preparada conjuntamente por los tres miembros de la CONCACAF junto a la presentada Marruecos las únicas viables. Una victoria donde quizás EEUU fue más un beneficiario colateral que un perpetrador pero una cosa no quita la otra. Ahora sí, a partir de este punto todo fue cuesta abajo gracias a dos nombres: Donald Trump y Gianni Infantino.
El presidente suizo de la FIFA, quien ha hecho ver a su antecesor Joseph Blatter como un señor cabal y pulcro, realizó una serie de actos deleznables y tomó una serie de decisiones sumamente cuestionables. Por destacar entre todo el percal tenemos la ampliación a 48 selecciones de las 32 que previamente participaban, la inflación artificial de las entradas que llegaron a alcanzar unos precios sumamente prohibitivos, la “americanización” forzada de una fiesta mundial y, sobre todo, el servilismo hacia cierto presidente que ha ido desde saltarse protocolos hasta otorgarle un premio de mentira porque este no consiguió lograr el Nobel de la paz. Si, estoy hablando de Donald Trump, la otra parte de este increíble despropósito. El presidente de color naranja no solo hizo que todos los protocolos habidos y por haber dejasen de existir sino que además buscó que la FIFA se doblegase a sus intereses: la creación de un mundial de clubes para testear las aguas en EEUU, la entrega de trofeos por su parte (y quedarse a la fiesta como si fuera uno más como ocurrió con el Chelsea) e incluso saltarse la norma no escrita de que el trofeo del mundial solo sea sostenido por quienes lo hayan logrado. Ya no es sólo estas minucias, es que incluso aprovechó lo que debería de ser la fiesta del fútbol para beneficiar sus intereses políticos. Amenazas de detenciones masivas del ICE para los fans de ciertas selecciones, prohibir la entrada a un árbitro africano por nacer en Somalia, el intento de veto de ciertas federaciones o el flagrante manoseo de las reglas del juego para intentar que unas selecciones entrasen y otras no. Literalmente tuvimos un intento de que el torneo más prestigioso del mundo fuera manipulado y manejado para intentar saciar el ego de un viejo senil imperialista con sed de sangre, fama y aun mas dinero.
Ya hemos cerrado todo lo que acontece a lo que está fuera del torneo per se, quizás la fiesta del fútbol no se enturbiase con todo ese ruido y el mundial fuera algo mágico, ¿no? Pues la verdad es que el torneo no solo se enturbió, fue una auténtica porquería por motivos tanto externos como propiamente futbolísticos/organizativos. Primero, la política consiguió colarse para perjudicar a unos y beneficiar a otros. Los casos más claros son, de manera poco sorprendente, Estados Unidos e Irán. Mientras el primero veía como una roja sacada a un jugador suyo desaparecía por arte de magia gracias a una llamada de Trump a Infantino (no es broma porque lo admitió el propio presidente estadounidense), la selección asiática tuvo que lidiar con una persecución política clara y unos arbitrajes ciertamente sospechosos. Decisiones raras sobre el verde, problemas de visado hasta la semana anterior del torneo y que solo pudieran pisar suelo estadounidense para jugar sus partidos sin posibilidad de realizar concentraciones allí causaron que Irán fallara en su objetivo de luchar contra viento y marea para pasar a dieciseisavos, cosa que estuvieron muy cerca de lograr a pesar de todas las zancadillas recibidas. Dentro de estas decisiones ranuras también podemos contemplar el camino a las últimas rondas de algunos combinados o que, de manera curiosa y seguramente “fortuita”, las cuatro primeras selecciones del ranking FIFA coincidieran justamente en semifinales.
Dejando de lado estas cuestiones, el torneo organizado por las tres naciones de la CONCACAF fue ciertamente lamentable en muchos frentes. Primero por la clara diferencia entre los partidos celebrados en México frente a los de sus dos coorganizadoras, como si la primera supiera de qué va esto del fútbol y las otras dos no. Luego tenemos la elección de sedes, quedando el legendario Estadio Azteca relegado a un segundo plano mientras el deleznable MetLife Stadium se llevaba la final (hablaremos de esto más adelante), siendo incluso una decisión ciertamente cuestionable habiendo claras mejores opciones incluso dentro del mismo país. A estas cosas se les suman las nefastas designaciones arbitrales o los dos tiempos extras para publicidad camuflados bajo la excusa de ser “pausas para la hidratación” (la pela es la pela supongo)
Aun con todo esto el torneo avanzó de manera ciertamente natural o, mejor dicho, de manera no tan antinatural o caótica. La cosa es que nuestro amigo Infantino decidió continuar con esta decisión de enemistarse con todo el mundo del fútbol dándonos quizás una de las peores y más polémicas finales de la historia de los mundiales. Se celebró en un estadio perdido de la mano del creador, la temperatura era infumable para los jugadores, el terreno de juego se encontraba en un estado indigno de una final de un mundial, los famosetes parecían importar más que el partido, el descanso duró media hora porque había que meter la americana del “halftime show” aunque nadie la pidiese y, lo más importante, el partido no estuvo exento de polémica. La final entre España y Argentina llegaba con unos niveles de disparidad difíciles de ignorar y que levantaron muchísimas sospechas. Al ya comentado curioso sorteo se le suma que Argentina tuvo un camino ciertamente más fácil y unos arbitrajes relajados que beneficiaban su estilo de juego marrullero y leñero. ¿El cuadro fácil podría haberse dado por la ampliación de participantes? ¿La cantidad de patadas permitidas y la ausencia de tarjetas se debe a un tema del criterio de los colegiados y ya? Pues sí, pero también puede ser por otros motivos y yo no voy a ser la persona que os niegue que el fútbol está podrido a todos los niveles por la corrupción. Y si ya sumamos las conspiraciones políticas surgidas a raíz del apoyo de Israel a la selección argentina y el cierto odio de este estado a España pues esto puede irse por derroteros no muy agradables. No tiraré por ahí porque paso de ponerme conspiranoico aunque sí que una cosa es verdad, si que ocurrió algún que otro suceso raro, será fruto de la casualidad.
Al final todo transcurrió con cierta normalidad, el arbitro esloveno Slavko Vinčić aplicó a rajatabla un criterio de poca permisividad en las faltas, no hubo decisiones cuestionables salvo un gol anulado o algunas posibles tarjetas y acabó ganando la selección que dominó el partido de principio a fin aunque el acierto de cara a portería fuera el mayor de sus problemas. Quitando el flojo partido visto en cuanto a despliegue futbolístico se refiere no hubo incidentes más allá de lo ocurrido en el terreno o por lo sucedido en este. Si, Trump quiso su minuto de gloria intentando salir en la foto de la selección campeona (eso o que está tan senil que ni se entera de la misa la media) pero solo ocurrió eso. La fiesta del fútbol no fue polémica por temas extradeportivos, quizás algo cutre y algo antideportiva si, aunque eso son cosas inherentes al propio balompié.
Sin duda el mundial de 2026 va a ser recordado más por sus motivos negativos que por lo poco positivo a encontrar. Qatar 2022 tuvo también su dosis de polémica aunque es innegable que en cuanto a sedes y organización hicieron un trabajo ciertamente acorde a la ocasión, cosa que este mundial de Canadá-EEUU-México no puede decir lo mismo. El problema es quizás este, las tres sedes, y no solo que sean tres sino que una es la protagonista y las otras parecen ser invitadas pues porque tocaba invitarlas. La cosa también es que la sede protagonista ha hecho un trabajo ciertamente nefasto ayudada de una FIFA que buscó más que hacer que el fútbol se americanizase en vez de que ocurriera lo que siempre ocurre en esta fiesta: que el fútbol y la cultura de la nación organizadora vayan de la mano. Quizás tampoco ayude que la cultura deportiva de dicho país aprecie más las luces y los colores que rodean al deporte que al deporte per se. La cosa es que, a pesar de todas estas pegas, la fiesta del fútbol ha conseguido abrirse paso entre todo el plástico y lo artificial que lo recubría. Hemos tenido grandes historias como Cabo Verde, campanazos como el de Noruega y Brasil, polémica, grandes partidos, aficiones icónicas como la de la República Democrática del Congo y una final a la altura tanto por narrativa como por la historia de ambos combinados. En el fútbol puede pasar de todo y la fiesta del fútbol que es el mundial lo magnifica aunque es innegable que la edición del año 2026 será recordada por motivos negativos. Esperemos que la que se celebra en nuestro país en 2030 sea mejor aunque parece que tampoco estará exenta de polémica.



